Lucía Vilariño Alvaredo

Una alternativa, ¿verde?

La Unión Europea se encuentra al borde de un abismo, de un abismo civilizatorio, pero no sólo la Unión Europea sino el resto de potencias que conforman el ‘sistema mundo’ y especialmente los países periféricos, que son a su vez, los más perjudicados y al mismo tiempo los más capaces de representar prácticas y enseñanzas para un futuro postextractivista que forma ya parte de nuestro problema y momento actual. La articulación europea son muchas cosas al mismo tiempo, es el Brexit y el rechazo del Parlamento británico en el día de ayer (con una idea de vacío incrementada exponencialmente), es la crisis de la socialdemocracia y la representación de la derecha extrema en áreas importantes de su territorio, es la emergencia de los ‘partidos verdes’ en el norte de Europa, pero sobre todo es y viene siendo, el proyecto político y económico de unos pueblos sobre otros y la subordinación de los territorios del sur.

Parece probable que a finales de este siglo nuestro territorio peninsular pueda llegar a convertirse en un desierto en su amplia mayoría. El problema del agua, tanto de sequías como de incremento del nivel del mar, viene siendo una cuestión de primer orden que va a determinar y determina el resto de los problemas que se puedan venir desarrollando. Una ciudad del noroeste peninsular como Vigo, se vio en el verano de 2017 con reservas de agua para tan sólo tres meses, y a punto de ser presa de las llamas en el mismo período. Para que nos hagamos una idea más clara, una diferencia de tan sólo 0,5 grados centígrados puede tener las consecuencias también opuestas, un incremento del nivel del mar de 10 centímetros, es decir, 10 millones de personas más literalmente “por debajo del nivel del mar”1.

Los intensos movimientos migratorios y los ‘chalecos amarillos franceses’ están siendo la antesala de lo que nos viene, como también el liderazgo de Greta Thunberg, la adolescente sueca que humilló a los representantes políticos en la COP24, la vocación de nuevo movimiento social surgido en Inglaterra de la mano de ‘Extinction Rebellion’ o la lógica de ‘Ciudades y Pueblos en Transición’ de este mismo territorio que se ha venido reproduciendo con cierto éxito también en zonas de la península.

Los diferentes ‘partidos verdes’ del norte de Europa están siendo capaces de capitalizar en cierta medida una situación de descontento social, representando una contraparte humanista y existencial sobre cuestiones de acogida y cambio climático y biodiversidad. Su representación en estos territorios data de hace más de 40 años y ésto les legitima y hace comprender en parte su estado de solidez actual. En los últimos meses han celebrado victorias como la de la ciudad de Ámsterdam o Munich, quedándose como segunda fuerza en las regionales de Baviera (17,8%) y protagonizando un gran ascenso en las elecciones generales de Luxemburgo (de un 10% a un 15%) o en las elecciones locales belgas (Bruselas y Amberes, 18%). Desde estas experiencias como antesala, ‘los verdes’ podrían consolidarse en las próximas elecciones europeas como la alternativa ‘progresista’ frente a la crisis de la socialdemocracia y los partidos tradicionales y la reaparición de la extrema derecha sobre todo en los países del norte con Ska Keller y Bas Eickhout a la cabeza.

El tono que manejan es integracionista, pragmático, humano, optimista y directo. Interpelan al individuo como sujeto político de cambio. Las propuestas son moderadas aunque sí transmiten la urgencia climática desde la defensa de la biodiversidad y sostenibilidad hasta la prohibición de la energía nuclear, el carbón o ciertos productos tóxicos como el glifosato. Son progresista- moderados en lo social y liberales en lo económico. A nivel discursivo están trasladando articulaciones exitosas en torno al cambio climático, agricultura ecológica, gestión municipalista, la apertura al mundo, la libertad individual, la transparencia, el control democrático, el europeísmo y la acogida en clave humanista en materia de inmigración. Apuestan sin ambajes por un modelo liberal de transición ecológica y de análisis del contexto de la crisis medioambiental. La defensa de los derechos humanos y la igualdad en el mundo a veces queda supeditada a intereses económicos que puedan tener en diferentes zonas del mundo. Han defendido expresamente el hiperproductivismo agroalimentario y energético sin complejos.

En términos generales su discurso bebe de las democracias del norte europeo desde esa falsa tolerancia histórica construída. Se maneja el concepto de ‘justicia social’ hacia un electorado joven, de clase media y urbanita, evocando a la conciencia individual y hacia una mirada existencialista sobre el futuro del planeta de quienes tienen sus necesidades vitales satisfechas. Aquí existe una diferencia trascendental entre los procesos vividos de crisis económica y sus efectos en una mayoría social en el sur de Europa. ‘Los verdes’ interpelan a un público que no ha vivido este período de carencia estructural que ha quebrado a las clases medias españolas, griegas y portuguesas y que ha dejado en el limbo a los grupos sociales más desfavorecidos. Quizá ésto explica en cierta manera los resultados marginales obtenidos en España y la caída en Francia. Ésto sería una buena noticia si en estos territorios hubiese construídas contrapartes capaces de representar proyectos de emancipación más acordes con lo que nos toca, pero conocemos las dificultades, las limitaciones y los problemas añadidos que se nos han venido encima al menos para el caso español. La agitación política actual en Francia es la mejor posibilidad que quizá exista actualmente, sumado a un movimiento feminista en auge contagiado en alto grado por los procesos construídos desde España.

Desde luego no parece que ‘los verdes’ nos vayan a salvar la vida. Más bien resultan una reacción a la pérdida de privilegios pequeño burgueses ante la situación civilizatoria en la que nos encontramos. No hay tiempo para reformar el status quo mientras la mayor parte del sur global se desangra. Quizá para ellos sí, pero no para nosotras desde la periferia que se seca, que acoge en mayor grado, que va al colegio con hambre en mayor número, que no tiene casa, que es violentada por ser mujer, y que representa de la misma forma la posibilidad de construir contrapoder feminista, de construir contrapoder institucional como son los casos excepcionales de España y Portugal en estos últimos años y de aprender de la ambivalencia de este ciclo de regeneración.

Desde las alianzas de las izquierdas europeas en la institución se apuesta por una ruptura con los tratados injustos y una construcción de un proyecto europeo diferente que necesite tratados e instituciones nuevas y realmente democráticas. Pero hemos visto de manera muy clara los límites de las experiencias institucionalizadas en estos últimos años en España, partiendo de reconocer el infinito esfuerzo realizado en muchos casos ante mamotretos del calibre de las instituciones de la Unión.

La cuestión europea debe ser desbordada y desde muchos más frentes. Las enseñanzas del movimiento feminista en España nos muestran los caminos de la autoconstrucción de una urgencia también ecosistémica desde las capacidades históricas de los pueblos del sur, recordándonos las conquistas más bellas y las resistencias más dramáticas capaces de reconocer un abismo, desde la esperanza.

[1] El aumento de la temperatura global incluso alcanzando los compromisos adquiridos en el Acuerdo de París de 2016 sería de 3.2 grados centígrados.