Lucía Vilariño Alvaredo

20 de noviembre, 2018

Otra Europa poco posible

Se hace difícil pensar en una Europa que reconforte, que no duela, que no asfixie la vida. Sabemos que vivimos en la crisis terminal de la civilización capitalista. En la Península Ibérica es un poco más difícil olvidarlo que al norte de los Pirineos, y sin embargo a menudo conseguimos hacerlo -recuperación económica, lo llaman-. Hemos tenido la primavera más fría y lluviosa de los últimos cincuenta años y este otoño la nieve más temprana desde hace décadas. Pero si todo sigue como hasta ahora, a finales de siglo el 80% de este territorio será un desierto.

La ‘precarización’ del trabajo forma parte de la erosión del modelo social europeo desde hace décadas, pero durante el actual ciclo de crisis esta situación ha devenido en una intensa ‘reproletarización’ de amplios sectores sociales en todo el sur de Europa. Así, el 70% de los trabajadores y trabajadoras más jóvenes no pasaron del salario mínimo en el año 2013, que eran 700€ según datos de la hacienda española.

La privatización de las empresas estatales se ha venido produciendo desde los años ochenta hasta el cómputo de sólo quedar los ferrocarriles en la actualidad. En esta línea, la mayor parte de los centros privados de educación secundaria en la ciudad de Madrid, han sido financiados con fondos públicos, unos centros de estudios que segregan a sus alumnos y alumnas por su origen social. España no ha sido rescatada con fondos públicos europeos porque en parte este gobierno utilizó 100.000 mil millones de euros en redimir a la banca. Muchos de estos bancos han sido los responsables del desahucio de medio millón de familias, especialmente mujeres en situación de extrema vulnerabilidad. En este sentido, somos el segundo Estado de Europa después de Lituania donde más creció la desigualdad durante esta década de crisis y uno de los territorios más ‘turistificados’ y ‘financiarizados’.

El movimiento 15M surgió en este contexto de crisis en 2011, un amplio sector de gente joven de clase media en proceso de ‘desclasamiento’. El sueño de ascenso profesional para una mayoría social se había roto, pero frente a un nuevo gobierno austeritario se expandió un movimiento de resistencia a los desahucios y de defensa de lo público. Podemos surge en 2014 y a partir de 2016 se comienzan a observar los límites de su compleja composición. En este año alcanzaba el 20% de los votos pero se encontró aislado parlamentariamente del resto de partidos. Actualmente esta situación ya no es la misma. El cambio de posición del PSOE este año ha permitido la formación de un nuevo gobierno apoyado por Podemos y el regreso a algunas políticas socialdemócratas como la regulación del mercado de alquiler. A muchos y muchas les parecía posible que Podemos llegase a formar un gobierno propio en 2014, algo difícil visto desde el momento actual. Sin embargo es innegable afirmar que se han producido ciertos cambios profundos que han sacudido el viejo sistema de partidos.

Existe un deseo de regeneración de una política profundamente corrupta con un primer ángulo modernizador -desde el territorio español también se puede hablar de ‘macronización’ con el partido Ciudadanos- y otro espacio para lo democrático y popular que comienza a señalar y a cuestionar la monarquía borbónica como responsable última de una corrupción que abarca amplias esferas. La articulación entre este deseo modernizador y democrático- republicano de cambio es muy compleja. Esta ambivalencia está relacionada con el sentimiento de no pertenencia de la sociedad española a Occidente -desde el complejo del subdesarrollo- o del hecho de constituir una única nación.

Europa piensa que existe, que es el origen de la civilización y que fuera de ella sólo hay barbarie. La pobreza meridional aparece como el caos del que escapar. La miseria también es un estado sin nación, como la subordinación de los pueblos y los territorios del sur. Las clases medias europeas han sido durante décadas el centro ideológico de Occidente, un proyecto de bienestar autoconstruido, pero ahora están aprendiendo que son efímeras y que pueden llegar a conocer los orígenes de este bienestar.

No existen soluciones fáciles para Europa. Existen posibilidades como mirar al sur, dentro y fuera de ella, dedicar tiempo a entender casos como el portugués y el español, y aprender de la ambivalencia de este ciclo de regeneración. El movimiento feminista en el Estado español, en Argentina y en Brasil significativamente, nos devuelve una mirada hacia el futuro, que son los límites ecosistémicos, y otra que observa al pasado como el origen del patriarcado y de la violencia estructural contra lo femenino.

No son tiempos para el optimismo. La cuestión europea debe ser desbordada. Como representó Rosa Luxemburg en una reunión de la Internacional Socialista en 1917, mientras sus colegas subían al estrado llamando a la solidaridad internacional en tiempos de guerra, ella empleó su tiempo de palabra en llorar. Subió, lloró y se volvió a sentar. Creo en este ejercicio de silencio, de expresión y de racionalización del drama como elemento principal desde el que repensar, deconstruyendo.